Allí estaba él. Tal y como lo recordaba. Su cabellera dorada bailaba al compás del viento, y su mirada tan real y transparente se perdía con la mía. Estiraba su mano para que yo pudiera alcanzarla y así juntos llegar al cielo, pero cada vez que intentaba acercarme, su imagen se desvanecía y sólo quedábamos yo y la oscuridad de mi habitación… Todo había sido parte de un sueño, otra vez.
Aquel era mi mayor temor cada vez que mis párpados se cerraban por la noche. Recordarlo. Mi corazón aullaba de dolor al darme cuenta que nunca sentiría el sabor de sus labios. Y que quizás, nunca tendría la oportunidad de explicarle todo lo que él significaba en mi vida.
Esos sueños eran la única manera que poseía de sentirlo un poco más cerca de mí. Por más que al despertar, lágrimas irrefrenables recorrieran cada facción de mi rostro. Lo necesitaba tanto. Y odiaba sentirme así. No quería que un chico quien nunca oyó mi nombre sea el causante de tanto sufrimiento. Pero aunque lo intentara, no podía detenerlo.
¿Lo amaba? Desde que lo conocí esa pregunta inundó mi cabeza, pero todavía la respuesta no llegó a mí. ¿Cómo podría amarlo? Pensándolo bien, nunca lo conocí realmente. Sólo pasaba frente a mis ojos una y otra vez, pero cada vez que lo hacía, sentía como una parte de mí moría lentamente.
Lo único que quería era correr hasta donde se encontrara y caer en sus brazos. Sentirme protegida por lo menos una vez en mi vida. Asegurarme de que él es el indicado, y amarlo hasta la mismísima eternidad.
Pero por más que lo deseé con todas mis fuerzas, se que jamás será así. ¡Maldita distancia que nos separa!
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